De tal palabra
UNAM
El ala del tigre
1991
PAISAJE DESDE AZOTEA
Todo es ciudad, todo participa de su
fragor y de su dureza. No tiene paisaje
ni cielo; no la rodea la creación.
Está ella sola.
Gabriel Miró
Paisaje, costumbre de mis ojos...
Ernesto Mejía Sánchez
I
Inútil decirlo, pero hay lid de vísceras en el paisaje,
hilachas de cemento que huyen,
que recibieron mala noticia.
Un lector de vidrio vuelve la hoja, cambia de cuaderno
y ya no estamos más,
ahora somos apenas y mucho una blancura boca arriba,
un hálito supino en punto de fuga.
II
No es tan inútil decirlo (escribirlo sí) pero el paisaje
es un héroe descarnado
y las bastantes casas —sus azoteas, sus cabezas moteadas—
no descubren nunca el cielo.
Sí: el caserío: casa por casa, diente por diente
—alguien así reza en mi parietal izquierdo.
Casa por casa (el talión): todas con las manos atadas y atrás,
cuerda de presos
—sin ingenioso hidalgo—
constelación de galeotes.
III
El paisaje se toca la frente, se besa la boca y huye,
hacia atrás, hacia ninguna parte
con tal de no encontrarnos:
somos su viejo amor,
le dolemos.
IV
No único el caserío, ni la ecuación múltiple de las antenas
y tendederos;
ni el guiñol de la ropa expósita,
ni los amores pares de las sirvientas y los solteros obstinados;
también hay rendijas de cielo estricto y nubes y ataques
del azul, del blanco y del que falta.
V
No marcha esta historia crasa entre los árboles.
Los hombres o nido o nada caen a plomo
sobre la paja del cuerpo.
Es otra página de la refriega y es demasiado
poco decir que es el día, que es la noche,
pues que son ambos en rincón y a pleno llano.
Alas (alones) tropezados entre árboles de ciudad
contundente y putecida,
donde la sien derecha copula con mi sien zurda
y un índice me apaga los labios desde el paisaje.
Cosa de rama y pudridero —lo que al final
me queda en la armadura,
y te queda,
ciudad.
VI
Desde esta altura tan rala, desde alguna lejanía aquí, sin pomo de luz y a pesar transparente, debiera descifrar todo emblema, debiera reconocer un nudo en garganta, o un requiebro de luna, edificio y piltrafería andante. Reconocer verbigracia el abrigo de los sueños. Recelar el sudor de lluvia mío y caro que resuelve un camino.
Debiera aprender a mirar desde aquí cómo se aparta de sí el caserío, esa gradería de ojos sin hilo ni aguja. Desde altura tan rala, saber mirar por qué las cosas corren como en su cordel que es paisaje; mirar por qué una mirada, por ejemplo, nunca regresa o regresa tardía igual que pájaro cantado.
Pero mirar y perder es todo uno. Desde aquí, siempre condena y reverberación de hinojos: la cierta altura rala, el trazo de la ciudad, su arrebol de cal, escombro y tizne en riña, atiborran los bolsillos y las cuencas y las bajunas caracolas. Muelen los dedos del que a tientas mira impenitente la vertical del horizonte.
MERIDIANOS
BARANDAL DEL ALBA
A fe buena
que el arte solo del día
es comenzar.
Hendir
el estrecho abrazo
del polen más oculto.
Persignar
la frente amancebada
y los tiznes ruborosos
del aire nuestro.
Ludir
fatiga buena con fatiga mala,
que así se teje
el oriflama que garbea.
Acordar
el pincel suspenso
que nos dibuja
desde el castillo del aire,
sobre cada testa,
los bastimentos invisibles.
CARACOLA DEL MEDIODÍA
A voz en grito
(asunto de ir la larva del mediodía
desperezando su desenfreno de loco
que escapa por todos los párpados del éter)
desde la caracola morionda
de la radio del camión,
el cancionista agrega lo del mundo
al mundo,
dice de la fe
y repite las eternidades
y los amores desvalidos
de los millones sin cuento
y las promesas
de lenidad en todo agravio
como en toda venganza.
Pungir dolores sabiamente concedidos,
tesar los cordeles cardinales,
beber dioses de fermento,
ésa es la voz batiente
de este cancionero,
y marejar de guitarrone(...)
y embelecos tiples de gargan(...)
EMBESTIR EL OQUEDAL
Bien es que el Metro avance bizarro
como cola de destino por su túnel.
No está de más esa respuesta
a lo inmaterial espinescente
en las afueras de lo profundo,
eso que para algunos corazones
es el cuerpo votivo
de lo vano tierra adentro.
Bastaría levar un poco el testuz
para que descubriese que ida y vuelta
son lo mismo en su buena tarea de ir
en su buen atavismo de no volver.
De sí no hay avilantez pagana
en su embestida contra este altar pleno
de donde sólido como cueva
mana el eucarístico vacío.
LOS CABOS DE LA ESPERANZA
No hay aquí mucho que esperar,
sin embargo
lo mucho que esperar espera.
Esperan en las calles
esos peregrinos inmóviles
que sueñan su propio peregrino.
Espera en el gabinete invisible
de una banca de la estación foránea
esa mujer que se pisa el retrato
porque lleva el tiempo justo
para perdonar a todos los hombres.
Esperan en las barandas del viento
un arrobo de cosas que dan pena
y una tralla de basura en expolio.
Esperan en rincones vagos
fortunas inquietas
dentro de sacos ateridos,
y la mortaja del beso de nadie.
CANÍCULA
I
Inclemente nuestra seda líquida
se macera unciosa en el lamedal de la flama.
Perros ayuntados del fin de siglo,
sudamos sanguaza y robamos
nuestras vísceras de la mano de la tarde
como bestias de antigua hartura.
II
Acosado en su laberinto,
el sol pincha su vejiga de caldo
y lábiles pulpas de sustancias maldivinas,
y susurros de gasa gruñidos por cerdos
nunca inventados a torcer su suerte
de figurar con mugre,
lardo y paciencia un sueño.
NUEVO IMPERIO
I
Derrengados ya los motores del famoso carro,
sueña su gobierno
el sol,
flor monda de inve(...)
cloqueo globular que canta
para todos.
II
Brea la que resbala
desde el estuoso abrazo
que a sí misma se prodiga
la rosa náutica del plomo,
el azufre,
el mercurio
y el ozono.
III
¿Alguien ha mirado en la mirada de un pájaro
lo que mira ser mirado?
¿Alguno vio acaso lo que vio en su fe de ojos
el pájaro al caer y caer?
El día, el día da palabra de que sí, de que allá
estuvo la escalinata misteriosa de las cosas
pintándole la pupila al pájaro,
y estuvo el apagón de lumbre que entredice,
y la química voraz en el degüello,
y el turbión de la sal lacónica de todo,
y el aire que se mata el aire.
VENÉREOS
Yo soy el tenebroso —el viudo—
el desconsolado...
Gérard de Nerval
Soy el mendigo cósmico y mi inopia es la suma
de todos los voraces ayunos pordioseros;
mi alma y mi carne trémulas imploran a la espuma
del mar y al simulacro azul de los luceros.
Ramón López Velarde
I
Soy el apestoso, el leproso de nubes en los ojos
que a los niños aterra
y aun a ti misma.
Soy el robatodo, el robachicos con su costal a rastras,
el fornicador del aire que respiras;
mi joroba invisible te espanta, y te asquea
el labio leporino de mis besos nonatos.
El espulgador del vacío y sus liendres,
cómo tocar mis manos entonces.
El pepenador y el desperdicio y el estercolero,
cómo así hundir tus manos en mi pecho.
Pero no corras, muchacha,
que ya me marcho aunque me quedo, que soy también
el piojoso, el haragán, el que se oculta
en la penumbra de los quicios,
el que se hunde en su rincón
y bala al extravío.
II
Has negado el pan de mi cada día,
has segado el rito de mi cada instante,
has permitido que se me sustancie entre la espalda y el infierno
el pan que no como ni consagro.
Toleras que mi propio aliento me acorrale
y dicte las letras de lo que no puedo decir.
Tendré ahora que librar el día con mis noches todas,
con sus castigos esmerados,
con el conmigo mismo,
que es lo que mata y no muere y te carece.
Hércules baldado y manisolo, entregado
a sus trabajos entre la bruma y el desdén.
III
Casi he sufrido en limpieza este trance,
sin escupitajos escarlata,
sin turbulencias
de la glándula favorita y dolora.
El trance de sumarte a lo mío
con pérdidas y con números enloquecidos
hasta lo último,
hasta hacerme decir labios con toda la be definitiva,
hasta admitir que lo que es del César es y no es mío,
según justicia y según cuerpo y catacumbas.
Aquí estoy entonces, ladino al trance y mirando demasía,
mirando con luida nuca y por frente vana,
por costado ceniciento y desde escarpado muro;
repitiendo la palabra de todos como para nada,
como para qué,
como para reducirme a un tajo: el de huirme.
A una prisión: la de no tenerte.
ESTANCIAS DEL SIENDO
REYERTA
I
La viruta de la vida arma su lío parvo con un como hilo que no teje, que con su alma de laúd alisa un éter recóndito, un cardo de interminable regreso.
Entonces —rincón y junta de héroes— ardor, venas y cavilaje poseen y pactan. Y ahí las rodillas son un buen juego de naipes; cuando el oficio es no levantarse de la espléndida caída. Y porque todo calla por nosotros.
II
Así el oficio es callar por nosotros con intenso regalo; porque la vida teje su parvo lío, de refriega en refriega, de lisura en lisura, con acopio y figuración en el secadal del espíritu.
Para eso estamos, garganta (digo y llamo a luto y degüello), pues qué más pre-tendes, asqueado como estoy de mi propio foso, ojo ahíto de luz en comilona. Qué pretendes entre tanta carne de carencia.
PÁRBULO FÁBULO
Para Guillermina Williams Oliva
En fotografía y con la boca abierta. Puedo o quiero oír mis pasos de otrora. Son aquí igual que pasos sonando en otra habitación. Quiero llegar a la puerta y per-cuto mis pasos, y aquí me escucho. Parece o parecía que nunca alcanzaré el pica-porte, que nunca libraré el vano de la puerta. Son mis pasos de otro tiempo; ro-dilla y todo. ¿Podría acaso escupir ahora y matar de mis sienes lo que es otro? Única está la certeza de franco olvido sin sendero, desde entonces.
Allá tabletea mortecino mi rumbo de niño andariego en coto de soñar. Sus líneas que saben no saber; sus figuras que saben no existir. No es ni pudo ser su geome-tría la de la astrofísica o la de Euclides: su geometría no es de punto y raya, de plano y otro plano —es de margen total y de punzón—. De ahí mis pasos. Puedo entonces oírme caminar cuando niño, con paso casi propio, con hombros caídos y frente zozobrante. Son clarísimos y remotos. Son míos y a punto estoy de hablar-me. Pero sé que no contestaré.
ENCENDIDA NOCIÓN
En esta casa hay una pared perfecta, repecho en el alpinismo de no sé cuantos a-bajos. Vista de perfil es ella misma y un roedor informe que eligió la gazapera de las respuestas absolutas. En días como éste no comprende demasiadas cosas. To-do lo más, anota con su muñón purísimo algunas brazadas de entredichos tulipanes que el creador de cada día omitió imperdonablemente.
No embargada por ello, desiste, rezo a rezo, de cualesquier mitologías. En su-ma: se desconoce dios o diosesante porque se reconoce anterior a todo milagro. Su cuarentena dura ya siglos sin número, pero sólo de raro en raro alguno ha llegado a verla, en un relámpago, reposar su desesperación de doncel envejecido que sabrá siempre heñirse a las entrañas y corregir en silencio de cada creatura.
No existen pruebas de fe a su favor ni en su condena. El estupor brusco y cal-culado que la signa, lo mismo puede ser santidad que arrebato del maligno. Y con esto basta, dice o cree que dice, cuando cierra en éter cotidiano la espesura calcárea de su dureza.
Es una pared perfecta. Retablo y calzada lamentable de diurna estantigua, mura-lla enteca en que cada fantasma se castiga con palabras la boca de espanto.
POSICIÓN FETAL
Un hombre, sumido en la penumbra de su casa malamente visitada, intercambia con su rodilla pensamientos, papeles, malas cabezas, protagonismos desatinados que son el alivio de cierta marcha del trasmundo. Todo porque su sueño verdecido de paciencia es venir de hinojos a su propio vientre y mirar como de paso, cara a cara y conmiserante, una voluntad suya que no sea la de su cabeza.
Ahora —y el titubeo del mundo queda por testigo— es indudable que estará fis-gando una pared de las que faltan. Tal es la heurística de su dominio, con su repertorio de susurros que musitan “desnacimiento” y el mucamo intangible que le cruza en atadura los brazos, le pliega las piernas contra el barro del costillar, y que cosidos los labios a pezón acescente, lo deja murar su huida.
A LO MEJOR EL CILICIO
Tiene por bienhechora esa rabia de sacarle por fin vela en el entierro al espinazo pensativo del cilicio, que es algún modo dócil de hablar sin boca del hacia dónde del adónde. Nada más, tal vez, que la garrida violencia de zurcirse en el astro de la propia carne un jirón de ergo y otro de etcétera. Y nunca acabar con el ahora del agorero que medio mata y medio vive las cuentas del rosario de una ciudad que aquí —ni más acá ni más allá de este ecuador indeciso de cilicio— se tiene en ciencia de rincones, su bubón lapídeo de imágenes celadas y perdidas, y su número enterizo de atizar todos los guarismos, los de aquellos que en alguna catacumba ebria aprendieron a decir nuestro y a repetir tuyo. A decir nuestro país de mirra y carboncillo.
PARA VIVIR NUESTRO CUENTITO
Rápido el cuentito se descarría por la ladera de los buscapiés unánimes, ese ba-rranco como entraña que oculta un corazón viejamente descendido, rasero de lo que cabe cercenado al descubierto. Todo fácil adivinar que tal es su forma tontuna, tropellosa de llegar a ahorcarnos a cada cual la personajía, y tejernos después —sólo después— la soga dispareja que nos acogote muellemente, que nos reduzca al llanto orfebre del que no llora y se mastica la garganta.
Para vivir, nuestro cuentito escudriña lo natural de la muerte natural, y en el sendero de esa investigación va despertando a murmurosos hidalgos que se saben de memoria una epopeya que matar. Las consecuencias todos las conocemos: el cuentito nos bautiza con su mano ciega los párpados, y se cubre con el sayal de contarse cuento, de plegariarse cuenta.
Pasaje a pasaje, entonces, cada caduno vamos dando el tirón al hilo tolondro de indispensables marionetas, ícaros de buenas alas y de peor vuelo de no sé qué plan maestro. Y cuando hace falta, rechinamos de firme los dientes contra el pasamanos que va a puro ir del pomo aluzado del Principio al pomo cristálido del Fin, pasamanos pues hiriente porque iriente: pasamanos sustanciado en el metal contrito de la última crisopeya.
El cuentito entretanto no cesa de reverberar (cosa de puridad sin silueta o intangible homúnculo de soñar) y de lustrar con paños de héroe peregrinas armas en desvanes de otro cuento. Sobre todo, no deja de afectar su gesto alongado y genitivo de tiempo corriente y acatervado de creaturas. Y apenas sabemos eso.
REGAZO DE PAVESAS
La hermosísima anciana nunca fue bella. Aquí lo es. Y no tiene para qué el reposo. Su lontananza es una crecida de tallo haciéndose a lo marchito. La ventana junto a su rostro es una yema dorada de penumbra, y el lago sumergido de sus ojos titubea la innúmera peripecia de llama y tropiezos, de sed caída y carne memoriosa.
Todo tiene nunca. Como decir culpa. Y así lo dice el murmullo fingido de su blanca, muy blanca cabeza de delgado sueño cabeceante. Todo, todo tiene la culpa.
La tiene el osado sepia que durante años hendimos a golpes de cuerpo transparente. La tienen las extrañas variedades de la seda, la abreviatura común de las caricias, el velo de la sombra, y la sal dulce de ser mujer.
La tienen los escombros sublimes del paisaje sin tiempo y la tiene el paisaje de cada escombro. El yelmo escullado de batallas preteridas y el tornaviaje del viajero que pudimos. Y sobrado la tiene el deseo, que sobre agorar oráculo encendido, apronta borrasca y no mata.
La tienen las minucias de la sed y las generalidades del abismo. La tienen el oído, que acopia, y la piel, que no acaba y desacaba confines que caben en una celda. La tiene la voz, que aprende a cascar muro y horas, y la tiene el corazón, jamás poderoso a condenar ni puertas ni linajes.
HEREDAD DE GALEOTE
A Francisco Murcia de la Llana
A Alí Chumacero
Asomado y redomado a la netitud de la especie y el carácter, del plúmbeo breñal y los lomos del papel, el corrector de pruebas se acaricia la tonsura de ser su propio y único galeote. Desde lo sumo de su sima, en un borde premiso que la vida se inventa en rincón levantino de sus salas, repite el prismático estatuto de los siete días de la creación, pero siempre de regreso, a pura luz mediana y a solo fuste de lezna y escalpelo, a puro arbitrio de azarienta lucidez, a puro lucimiento de Adán culpado entre palabras. Aguijado por cada letrocinio, reparte a porfía el celo de su dele, como faro de sombra que todo lo ve en el instante intacto que resume una almendra de viento, como candela de polvo en pleno escrutinio de la noche, que no se dijera sino que es el impío confiscador de los objetos furtivos (luciérnagas lucífugas) de la ofuscación de la grafía, o el vendimiador cejijunto de ciertas uvas en el discurso inexorablemente enmalecidas.
Con una moneda usural trabada entre los dientes, estilista este estilita y de buena muerte, retruca como puede cuando pudo, los argumentos de la adventicia letra y los ergos zorrunos del párrafo ligero y rectamente avieso. Su empeño será de fijo siempre ministrar los dioses de cada voz, abrazar su talle de barro, argüir el casuismo de cada sílaba. Y su aquello, escardar la cerril intemperie de la página idiomas, rendirse a la perplejidad del zaino rengloneo: Es el cómitre cegajoso que perdido de su galera y de su mar se azota leal a sí mismo. He ahí toda su heredad, que fuera mejor escribir su heridad.
CONSTELACIÓN Y RETRATO
Ha inquirido la idéntica constelación de foscura acuchillada y de colores sin noticia. Ha deseado casi siempre, con ademán de último día, replicar a aquella música que prescinde del día. Y ha aguardado la alianza de la llave y el cerrojo; cómo también se azaró cada vez más de la exactitud en el no llegar.
Por otra parte, dos rostros: uno para ser punto de baldón y otro de descuidado designio fueron el intermedio acostumbrado.
De ordinario, el espectáculo del amor ha sido su alegría sin consuelo, su modo de mirar que todo existe por un acierto imperdonable. No es difícil imaginar así que con la mayor frecuencia se rodee de abrazos preciosos y distantes, de pedruscos de reflexión impura, de trasgos que señalan con índice emocionado el escaparate del vacío, y sus peligrosas terrazas de luz que son untuosa invitación a regresar de una caída, o a devolverla. Su fe más próxima es la del lirio silvestre y la del olor de lluvia. Y su sed no es otra que una visión que consagra y protege la impiedad de las imágenes.
De vez en vez, insacula los centavos de su memoria y los abalorios de sus sueños. Y ha conseguido de ese modo un llanto modesto, la amiganza de escudero de la noche y un personal follaje del verano. O a veces y sin codicia, una mirada y mujer de tarda centella, un apunte del otoño o un secreto idioma y su victoria.
A menudo, el mediodía le ha enrostrado la opulencia de su deseo. Pero él no tiene nada que oponer: un roce de alba y malabar de lumbre lo desfallecer sin remedio. De donde todo cargo es cierto e irrefutable, pues que fue visto también escalando murallas de castillos innobles, o pulsando, delirante, instrumentos de cuerda baldía, o peor aún: hablando que hablaba solo. Es decir: ha sido descubierto en el ápice casi de la dicha. Ha sido encontrado mientras susurraba sin sosiego al oído de las palabras.
Por lo demás, no está aparejado su corazón para vivir sin los aguafuertes soledosos de la tarde, ni sin dos o tres imposturas del silencio —y apenas sin lo que resta—. Cómo tampoco es capaz de concluirse en este escorzo, aunque su apuesta sea la voluntad y su divisa el acaso.