La inmortalidad del cangrejo
Editorial Aldus
Colección La Torre Inclinada
1998
El anterior Víctor Hugo presumía de haberle puesto el gorro frigio (el de la revolución) al diccionario. ¿No sería mejor ponerle el gorro de Arlequín y en ocasiones las orejas de burro? Este otro Víctor Hugo (Piña Williams) ama tanto a las palabras como cuerpos vivos, libres, móviles, que les pierde todo respeto. El campo de prueba de su escritura es también un campo de juego en el que las palabras se casan y divorcian, se miran al espejo y se asombran de decir otras cosas, otras ideas, y otras palabras de las que el dic-reaccionario les manda decir. De ahí esta escritura que disocia las ideas, asocia las palabras y se extravía una y otra vez para dar lugar al encuentro consigo misma en un constante movimiento lúdico, lúbrico, nunca lóbrego. Al lector el libro le divertirá haciéndole pensar, porque el pensamiento, cuando es realmente ideas, y no ideas hechas o ideologías, es combate y juego y amor libre entre las palabras.
José de la Colina
La inmortalidad del cangrejo
Estoy en lo cierto de que entre el grupo de las disciplinas de la ciencia y todas las sapiencias con que la razón humana ha sembrado de curiosidad esta tierra que apisonamos desde milenios, hay una que no cede ante las otras (salvo quizá frente a la astrofísica) en punto a la facilidad de su infinito. Hablo de la zoología, que bastante averiguado tiene que cada animal, que cada bicho, por postrero o lateral que sea, da lo vasto y suficiente para poblar su propia Arca de No Es Sí Es.
Se dijera que ordenadas por los dedos mudadizos de mil dioses ociosos, las especies animales confundieron desde el principio su exorbitancia con su mera estancia en la corteza terrestre y en los mares. Lo primordial de sus vidas es una mixtura de diferencia y exceso, de conformidad y proceso. ¿Cómo la del hombre? Exactamente. Pero el hombre desde su razón hacia adentro; y el animal desde su cuerpo hacia fuera; o en mejores palabras: de su cuerpo hacia su cuerpo, de su medio hacia su medio.
Tal vez ésa sea la causa de que el trato de los animales con la eternidad parezca más verosímil que el de los hombres. Y la causa también de su superior prestancia en las leyendas y los mitos. Por ejemplo, la sugestión que envuelve la idea de la inmortalidad del cangrejo, parangonada con la de la inmortalidad del hombre, se antoja enormemente más sustantífica. Cuando a los inadvertidos y a los zurumbáticos se les enrostra que se la pasan pensando en la inmortalidad del cangrejo, cuando a los niños se les emplaza a que dejen ya de pensar en la inmortalidad del cangrejo, no se hace más que remarcar la posibilidad de una imposibilidad: que el cangrejo, que no es inmortal, sabría (más que podría) serlo, a cuenta de su pacienzudo trato con la eternidad.
Y a todo esto, ¿en qué estoy pensando? ¿En la inmortalidad del cangrejo? De veras que todo ello es cosa de pasmarse. Sí, cosa de pasmarotes y distraídos. No creo que ninguno de esos reculantes y alimañosos coraceros autorice un endilgamiento de tan dilatadas temporalidades; sin embargo, no se distingue tampoco mixtificación en la punta de refrán que los señala. Pero por algo y por casualidad han de formar divisa para los que están salidos de camino y pensando sin cabeza, con el espigón de las ideas clavado sobre una mota de polvo.
El estado de embaimiento, prolongado o intermitente, que siempre se ha atribuido a los atreguados y tontainas, lo mismo que a los sabios y poetas, es un sentido o potencia interior del hombre que es común a todos los hombres. En el fondo, el ser humano es un transeúnte ausente. Y él lo sabe y por eso corona y castiga, simultáneamente, la distracción. Actúa en esto de igual modo que con toda fuerza recóndita que le revuelve los meandros, que le entrevera sus veras varas de medirse —o desmedirse.
"Hay que distraerse" y "no te distraigas" son algunos de los enunciados que más llenan los oídos de cada persona en lo extenso de su vida. No obstante, obliguémonos a precisar lo siguiente: hay esmero en la celebración del que aprende a distraerse en el lapso, forma y sitio que el rebaño prescribe; mas la distracción incalculada y volandera es objeto de pundonorosa punición. ¿A cuántos de nosotros, en los huidos días de la escuela, no nos formaron tribunal por estar pensando en la inmortalidad del cangrejo?
Ya acabo y no sé más sino que es necesaria una rehabilitación del abstraimiento indiscriminado, de la vacación sin vacaciones. Sé que en veces precisas, en que el espíritu nos pide que hagamos —con este opulento lenguaje que tan pobremente traemos— la mayor exactificación de las cosas, debemos oír a nuestro alrededor, conforme decía José Bergamín, como quien oye llover: con mucha atención.
Sé también muy claro, al igual que todos los que se ensimisman lejos de sí mismos, que los atentos y concentrados al distraído lo apellidan de vago y lo encarnecen y no comprenden nunca su difracción.
Y sé, con todo, que el embobamiento es actividad de gente bien inclinada y quehacer que no hace malhechores. Las cosas hay que pensarlas por partes y partir hacia alguna parte que puede ser ninguna. En soledad. Y así como los muertos no se enteran nunca de su muerte, no conocer uno jamás la propia distracción.
La tebaida del suspendido, del transportado, trasparece en la comarca retirada y alagadiza del cangrejo.
Del odio al amor sólo hay un beso
Y qué cosa es un beso sino una quisicosa cosquilluda y hociqueante a la vez. Un beso es un Vesubio de lava que baba. Un embocamiento furioso y frutoso de sangre pulposísima. Un gárgol de gana como de goma que se agarganta más y más.
Un beso es un hueso lardoso para roer entre dos en uno ardido. Un beso es visajes frente al espejo de otro rostro que empieza a quebrarse en mil pedazos —pero que sólo empieza a—. Un beso es la indócil dentera del desdentado. Un beso es el viso de un relámpago que la noche del cuerpo atiza. Es el rizo que el aliento hace con la mecha del deseo. Es el brocado y el bocado de la boca. Es eso que es un beso.
De los bastantes besos que en el mundo frican y estampan las estampidas de filiales y amicales, de deseosos y carantoñeros, y de toda esa calaña y carroña, los besos que pican mi interés son los de los amantes. Sobre todo, porque son besos que odian. Y de ahí que el besuqueo con que comenzaron mis renglones, epitomice dizque muy pitoniso la leal razón de lo que significa y representa esa caricia labio-lingual y casi igual pero nunca.
Ahora bien, si un beso de pasión amorosa, o apenas de contubernio erótico silvestre, afirmo que se ejercita en odio —y no únicamente en el amor que su salival sobeo pregona— es debido a una inferencia óptica (cuando he visto por curiosidad o por casualidad a dos que se besan) o desde luego inducida por el experimento en boca propia de cierta bizarría besona con que me gusta regalarme desde hace mucho. Y ello es algo que a nadie se le escapa. El beso es un mordisco, el reclamo eyéctil de una sinuosa viscosidad. El caso de que provee una inimitable y reconcentrada sapidez, no lo destituye al beso de esa naturaleza que, también, ya que lo pienso, se parece turbadoramente a un escupitajo interrupto y deleznadizo, que se arrastra sobre inconcebibles superficies.
Desde ese punto de vista (para ser honrados, tendría que escribir: desde ese punto de boca bizca, es decir, la boca en beso), el acto de besar es positivamente la superiorización e inferiorización del coito, ese acto coloidal que acometen tan metidotes los seres humanos. ¿Cuántas veces no hemos oído decir o nos hemos oído pensar que la cogida (y dispense el lector pero la expresión es legal y juiciosa, pues ahí, en la cogida, uno agarra al otro y no lo suelta hasta que suelta) es una lucha, una contienda de bestias tendinosas, chapuzadas, atrabilarias. Ápice y apriete de un odio. No del odio; porque no es la forma general de odio, aunque uno participe de su sustancia.
A vueltas del asunto todo, si hemos de convenir en algo es en que la estructura binaria del universo, cuya cifra pasional suprema es amor-odio, tiene en el beso su punto de fusión más cotidiano e irreductible, casi sin posibilidad de análisis. Porque el beso, en lo esencial, hiere sobre herida. Si su solaz de veras es de toda pasión se parecerá demasiado al devoramiento, no obstante que las bocas en unión casi no se abran ni se coman la respiración.
Ya sé que algunos, porque me dejé decir todo lo anterior, me cargarán de malsano y se atragantarán de un muy fino horror. En prevención sólo puedo añadir que no he intentado una dialéctica de lo sublime amoroso. Ocurre en verdad que entiendo el beso como la insignia excelente del amor y del odio, poderosa a expresarlos juntos, no separados, ciertamente. Y me parece que así como los amores de perdición (mixtura de afición y execramiento) constituyen la variedad tal vez más evocadora del amor a todo fuste, los besos de los ciegamente amancebados nacen de la misma oscuridad. Porque es cierto: del odio al amor sólo hay un beso.
La P en la frente
Déjenme escribir que el rostro constituye una compostura de emplasto y cartílago que busca sin propósito embozar una insinuación de la Nada y de sus albinas incineraciones. O tal vez una franca incitación a anudar la Nada. Lo cierto es que la frente se encarama sobre la cornisa de los ojos para encalmarse en un terraplén de explanación sin signo. Empalme planiciento de vacíos.
Asentada en el gozne de los pensamientos y prensamientos cerebraicos que encajona, la frente sube hasta el punto más pino de la medida que alza al hombre sobre los suelos, y asimismo desciende a cada sumidero que lo asume. Si como dijo el evangelista, los ojos son la lámpara del cuerpo —el espejo del alma—, replico yo que la frente es la mampara de su ceguera más pura, la que todo lo ve, callándolo.
En la llamada de los años, creo que he podido muchas veces conocer más acerca de una persona con la sola observación de su frente, que siguiendo sus palabras o practicando pesquisas en su mirada. Las palabras se pueden recatar lo mismo que las miradas, pero la frente declara su claro sin pestañear. Se puede remilgar todo lo que se quiera el semblante, pero el desierto de la frente estará ahí en toda oportunidad, verificando verdaderos sus espejismos.
Patinada o curtida, nacarada o revejida, la frente se asocia de antiguo al sudor de los cansancios del hombre así como al despejo de su inteligencia y a la celsitud de sus obras y sentimientos. Y nadie ignora que es lugar convenido sempiternamente para el apósito de los lipiriosos y de los moribundos. Eso sin mencionar que los besos castos se imprimen en la frente; y que el tercer ojo de las leyendas tibetanas suele pimpollecer en la frente también.
Por lo demás, una frente mal hecha y peor tenida es suficiente para deslavazar la planta facial de cualquiera. El mundo está preñado de mujeres que iban a ser acicaladamente hermosas, antes que el trapecio de la frente se les revesara por mala parte.
Doy por hecho que apenas terminando el párrafo anterior, no pocas seños y señoritas correrán hasta el espejo a examinar exánimes las suertes de ese desmonte que les corona la testera.
De cualquier modo, entre los logogrifos con que está redactada la historia de la frente, existe un enigma que en particular me sume en cábalas. Es lo de la P en la frente. Era sólo la verdura de mis tiempos y ya oía yo cruzar reconvenciones a causa de la P en la frente. Al principio, y por efecto del egocentrismo infantil que estudió Piaget y de un instinto endogámico muy elemental, cuando escuchaba decir a mis mayores la especie sentenciosa y casi agorera de que no nos dejáramos ver por nadie —mis hermanos y yo— la P en la frente, suponía que se trataba de que ocultáramos nuestro apellido. Una admonición, quizás, dictada a influjo y cautela de un abolengo desahuciado que se condensaba en el apelativo Piña, o algo así. “¡Que no te vean la P en la frente!” Que no te vean lo Piña.
Años después, traspuesta la que se llama edad de la razón y rasero y su ruin ración, me determiné a entender —detrás del acertijo “que no te vean la P en la frente”— una condena general contra la pandemia pandemoniosa que se llama vida, y que todos llevamos escrita al paso del tiempo en la arruga del ceño. Una condena contra los pudientes y los pobres que somos, contra los perínclitos y los perversos que somos, contra los pudibundos y los putañeros que somos, contra los preclaros y los pitañosos que somos. Sí: contra el putarrajal rajatablas que somos tan sumos.
No sé lo que sea. Pero hoy día he acabado por fin de descubrir qué es eso de que no te vean la P en la frente. No es ni un enigma ni un estigma, sino la precisión de unas anteojeras que remedien la vista astigmática de los hombres al mirarse entre sí. Para que se vean en su marca común. Para que se vean la P de partidarios. No la P de pendejos ni putrefactos ni pandeados. Se trata de algo más sutil, para que vean la P del partidarismo unánime. Todos la llevamos en la frente de robiñanos rebañegos: la P de me parto por un partido. ¡Puaj!
Los motivos del loro
El habla es la desnudez que no se ve. La desnudez que no llegamos a ver los unos en los otros ni en nosotros mismos, aunque no falten veces en que pasemos frío por causa suya o en que de su cuenta conozcamos suavísimas, intáctiles formas del tacto. Es la desnudez de los peripuestos y de los arambelosos que visten aquello que no se puede vestir, que cubren con miriñaques de muñequería o con hopalanda harapienta los vivos cueros de la mayor intemperie de cada mujer y de cada hombre: la lengua que hablan. Siempre a ciegas y a simple vista, el habla es la desnudez que nos desnuda.
Pretender algún acoso sobre la lengua en cuyo cuerpo uno se levanta, no es tarea menos hazañosa que señera. Es la lengua cuerpo de mi cuerpo; o digo más: mi cuerpo hace piel en ese cuerpo. Así tal vez nos expresaríamos, pienso, para explicar la nativa inquietud que, siquiera un día en la vida, nos mueve en pos de los penetrales más recatados y difíciles de la lengua en que discurrimos y vivimos. Y en ese capítulo, desde un Juan de Valdés hasta un Alfonso Reyes o un Dámaso Alonso —en idioma que fue de Castilla— recalaron en buenos puertos, y nos dejaron en legado tornaviajes de mucha entidad, que en todo tiempo pueden (bastaría con acercarnos a ellos) retribuirnos de la permanente u ocasional preocupación por la lengua que vamos hablando, por el habla que vamos llevando y trayendo desde esa casa solariega que es la lengua materna.
En abono de eso mismo, reparemos en que durante los últimos cien años una de las materias que jalonó con más distancia y amplitud su desarrollo ha sido la lingüística, hija o nieta un poco demasiado hurguillas de la filología. No le faltó, inclusive, su particular comezón científica. Pero a pesar de su sostenida y manifiesta boga en medio del auge de los estudios disciplinarios de nuestra época, el examen más o menos metódico de la lengua que se habla —o el mero detenimiento contemplativo frente a ella— no alcanzó a extenderse en las capas instruidas de la sociedad y trasminarlas, como en cambio ocurrió con otras disciplinas del conocimiento.
En realidad, la lengua y las hablas que ella prohija pertenecen al dominio del desconocimiento. Los hablantes de una lengua se desenvuelven dentro de ella como heresiarcas involuntarios en un templo cuya sacralidad es el aire mismo que se respira con la más grande naturalidad, pero también con el más limpio estupor, un estupor que apenas pareciera existir, el estupor ante lo que se hace como por obra de Dios y sin saber por qué.
A veces, todo esto coge camino por lo francamente burdo. La asunción de su lengua por parte del hablante da estribillo para gustosas habladas. La lucha entre lo sagrado y lo profano acentúa, entonces, su pauta de contingencia. El hablante pasa malamente sobre su lengua y/o su lengua sobre él.
En esta cala, recuerdo, porque siempre lo hago, un sucedido que demuestra con creces esa entrada en materia de desconocimiento conocido que es formarse como hablante de una lengua, experiencia de suyo inacabable. Todas las anécdotas de ese linaje se implantan en las capas pétreas de la sintaxis riscosa, en las cornisas impertérritas de la dicción, en las dunas del significado, en los bajíos de los étimos más extremos.
En fin, hace tiempo —contaba yo ocho o nueve años— me sucedió que cierta tarde, mientras a ejemplo de mis tías (las infaltables tías de los cuentos y las memorias) escuchaba alguna de esas estaciones radiales en que se celebran certámenes que menean mucho a la gente de ocios, escuché una pregunta que sobresalió entre todas las de los siempre para mí abstrusos cuestionarios en que basaba sus competiciones la emisora. La voz abaritonada del locutor había preguntado —con suntuario premio en promesa para quien contestare, primero y antes que ninguno, la cuestión— qué significaba la palabra canijo. No es para contada la emotividad que pulsó en mis sienes (¡en mis miles!).
Y es que yo sabía. A mí, como a mis demás hermanos y como a los hijos de la comadrita de mi madre, me habían prescrito, lingüísticamente, por proscripción. Es decir, las señoras madre y comadre nos tenían prohibido a los niños pronunciar la palabra canijo (favorita de nuestras interjecciones vejatorias o cariñosas), porque según ellas la tal palabra significaba “hijo de perra” (can=perro,rra; ijo:hijo), en súbita y diafanizada etimología, por supuesto.
En ese tenor, le corrí a espetar al barítono —marcando con el velocísimo dedo el número en el cremoso teléfono familiar— la aplastante y entusiástica respuesta. Es más: para no dar lugar a enredos de mi lengua imperita y así asegurar que el locutor oyera con nitidez mi contestación, incluso me ahorre el saludo, y sin anunciarme siquiera (cualquier otra palabra podría distraer mi memoria etimológica), le dije —en cuanto percibí que su oreja estaba pegada al auricular— con seguridad y casi sin aliento: “¡Hijo de perra!” A lo que el barítono repuso, dejándome barífono: “¡Chinga tu madre!”.
Desde entonces fui un chamaco un poco más tímido de lo que había sido antes. Y llegué a saber que canijo significa derechamente “débil”, “enfermizo” (en México, en un principio, significó “bobo”, “mentecato”: hoy, casi al revés, dice de la dureza o incluso de la malignidad de una persona, de una cosa, de una situación —“Fulano es bien canijo”, “El examen de matemáticas estuvo canijo”—, de suerte que al final de cuentas canijo sí va expresando ya un poco a un hijo de perra o, muy de perdida, que los asuntos se están poniendo de perros).
Moraleja: no hay que andarse en vacilaciones con la etimología. La etimología arraiga en la lengua, y la lengua da en habla. Y el habla es la desnudez. Y está bien. A condición de que no se olvide que la desnudez puede conducir al frío más frigidor, tanto como al calor de los sentidos. Nunca se sabe a ciencia cierta.
Tal va el habitante de una lengua, cometiendo disparates o disparando para bien el genio del idioma. Así sea que existan periodos —como ahora— en que los disparates son todo un despepite que rebosa en todos los renglones de la vida. En ocasiones por incuria llana; pero en otras por puro movimiento de la lengua (los escolares, en referencia a sus notas, decían hace no demasiados años “me saqué diez” o “me saqué seis”; hoy dice “me sacaron diez” o “me sacaron seis”). Ya lo sabemos, la lengua pasa y se queda. El habla es un abierto rodar. El hablar tiene mucho de rito que comienza siempre otra vez, pero no pocas veces por el final. Los hablantes presienten que todo en una lengua es prelusión. El hieratismo del glifo o de la voz alta desde donde el universo parte hasta lo interminable, y la golfería herejota del animal reciente que prueba las limaduras arduas de su garganta al comenzar los días de la Creación.
El loro, al parecer, enlaza con comodidad esas dos líneas de ascendencia. Quiere hablar con absoluta exactitud, con religiosa precisión; y al mismo tiempo, quiere hablar y nada más que hablar y las palabras se le van a los tropiezos, se le trabucan a bocados imposibles. Así nosotros, sus motivos son los nuestros. Los motivos del loro.
El triángulo de las de bermudas
Árbol que crece torcido
muy más en su rama se embelesa.
Anónimo Venereciano
Dice una canción mexicana que dicen por áhi que Dios hizo a la mujer para regalo del hombre. Y dicen por aquí adentro las voces más vicias de mi eje más ejecutor, que así es, que condicen en ello, que la mujer viene rosado vino de Dios para reverter en el ciborio del cuerpo del hombre. He ahí la sola hembriaguez que descamina y senderea mis sentidos. No conozco otra, y para no naufragar en los mares morados en que moro, procuro siempre mantenerme en mi línea de frotación. Rondando a rombos los vértices del triángulo de más feliz condena.
Con seguridad, el lector conoce harto bien aquello de los círculos viciosos y su extendido misterio de encovaduras puntuales; pero jugaría yo unos pesos a que ignora, a sabiendas y cogiendas, lo de los triángulos viciosos. Lo de esos triángulos que organizan muchos de los intríngulis de las empresas humanas. Los genuinos triángulos pasionales, sin discordia y con todos los acordes; los veraces triángulos de carne y beso, de carnecita mollar donde acollar el árbol de la ciencia inexacta del tacto que tic tac en las flexuras y tumescencias, que toc toc en las paredes y quicios precintados. ¡Triángulos trepidantes, tripudiantes, tripudientes! ¡Triángulos que nos ponen a los hombres en figura de trébedes caedizos, apenas aguantados sobre dos guangos pies más uno unidor y tirante que no persigue el suelo sino el cielo!
Lo sabemos todo acerca de tales triángulos, pero con un conocimiento extraviado en los silos de más difícil rebusca dentro de nuestra piel, dentro de nuestra linfa. Todo hombre desde que lo echan como lechón al mundo, vive descontando los minutos de cuándo verá, por fin, un triángulo; de cuándo podrá de ley hendirlo. ¡Cuánta razón, doctor Freud!
Claro es que para triangular el triángulo cada quien se las compone según su estro y según su estrella. Los hay desde el tipo morigerado que concibe la precisión de los lados del triángulo como una manifestación de ataraxia, hasta el grupo de hombres triangolosos cuya vida de licencia aflige todas las ordenanzas de sociedad y naturaleza. Es decir, desde el güevón en edad fértil hasta el pitopronto sin edad y para todas las edades.
Para mí —que trato de establecerme en un linaje que equidiste de los mencionados extremos y que me conceda, para salud mía (pues no quiero acabar mis días llevando un marcapasos en la próstata), una entrepierna tan frugal cuanto fraguadora, y que no me amilano por no poder conseguirlo— todo esto es de superior importancia. La teoría y la teneduría de los triángulos. Desde que a los cinco años me visitó, una y otra noche, el sueño de que cruzaba no sé qué laguna (¿la Estigia de los estuosos no entrenados?) a bordo de una barca en la que siempre llevé la única compañía única de una tropilla de mujeres desnudas, supe que lo verdaderamente trascendental es hallar la curvatura del triángulo.
En ese paso, no es de omitir que cada triángulo se acrece en el alabeo magnífico de las carnes, en las líneas que undívagas tramontan para coronar los relieves y surcos del abrazo ofrecido del cuerpo de una mujer. Porque no he venido aquí hablando de ninguna clase de foquismo de tosca guerrilla erotónoma, ni de una variante inverecunda del viejo fetichismo del tobillo; o filtrando una torpezona chunga donjuaniana. No, en mi sentir como en el de tantos, el triángulo concentra, en ese su delta al que delata con dibujística tan ingenieril como enredona, la primitiva justicia del deseo.
Sin embargo, no digo que sea el centro de gravedad de la arboladura mujeril, la cual se gravidece por doquiera, por dosienta sensitiva ciento y ciento y mucho más, y mucho bien. No recuerdo qué libertino de muy cursado nombre advertía que una mujer es como un violín al que hay que saber arrancarle su mejor sonido. ¡Ay, y qué sonidos de ultimar las cosas se dejan arrancar las mujeres! ¡Ah la música de las esferas! ¡Ah la música de los triángulos!
Queda escrito que esta teoría de los triángulos de tener es, de suyo —de mío—, una heraldicación de ese fenomeno somático que asoma en unas tetas de nada decir, en un talle cimbreante, en unas piernas innegables y correctamente ennalgadas, en un trasero altivo y versátil y bien envuelto, en un vientre como acerico oriental de besos feéricos, en unos sobacos recovecos y umbríos de sal primera, en un rostro a medida de sí mismo. ¡En un triángulo culísimo!
O dicho con otras palabras sin escándalo: en esa verdad al tacto que es una mujer.
Y aquí, alguna puntillosa feminista supratriangular me va a espetar que la mujer es un ser inteligente, no un objeto sexual. A lo que respondo por adelantado: es inteligente, sin ninguna duda —y de la manera que sea, no pocas veces más que el hombre—, pero asimismo es la mujer un objeto sexual, y maldita la hora en que no lo fuere, en que no fueren mujer y hombre objetos de su sujeto sexual.
Por lo demás, en lo que atañe a la inteligencia, ya del hombre, ya de la mujer, a estas alturas es cosa que me vale un sorbete: el naipe de este siglo estúpido derriba bajo su peso toda la baraja de la estupidez multisecular, de donde la inteligencia es un mero referente dentro del esquema. Así es que si algún inteligentear me importa, si alguna meditación me vale, es la meditación de en medio y abajo.
Es el caso, pues, que me confirmo en lo de los triángulos. No porque, como me dicen, lo agarre todo a broma, sino porque lo tomo a brama de todo. Y de ahí que me puse a teclear esto. En realidad, con intención de hacer el siguiente subrayado en el asunto. Vayamos a ello.
Desde que la Ciudad de México es una isla del caribe —no sólo con onda canicular sino además con sus lluvias y bochornos ecuatoriales—, las indumentarias playeras se han más o menos generalizado, y juntamente el lugar común que reza que a mayor calor, más calostros en el bajovientre. Con arreglo a tal circunstancia, el triángulo que al parecer redobla atractivos es el de las chicas y grandes que se embuten dentro de unas bermudas. Pero he de decir que se trata de un malentendido. Si somos ciertos, aunque no todos los triángulos femíneos son equiláteros, cada uno, en cambio, es equitativo. Sean bermudas su corona, sea minifalda su desfiladero, sean botas sus pilastras, sean jeans su curtida montura, sea flotante vestido su evanescencia, sea lencería franca su red primorosa, lo que nadie puede contradecir es que todo triángulo es de perdición, si se le halla la curvatura. Así son las cosas, como han sido y serán. Yo lo celebro. Eva va.
Cómo entrar en la mafia literaria literal
Véase al ese escritor con sus veces sin base, pobrecito todo deslavazado. ¡Ay, pudrecito todo vuelto bagazo el escritor! Claro, esto dicho es un tropo retórico, una retorta para que el ese escritor represente a todos los escritores ésos con la sesera desalada, a toda hora con los ojos de fuera y las hojas dentro sin poder salir. Y él, el escritor, sin poder entrar en las entretelas del corazón de la mafia.
Porque un escritor que valga, un escritor que vele de verdad su vale de balde, no vacilará en dejar el pellejo con tal de hacerse de la familia. El quebradero que surge aquí es: ¿en cuál familia meter la propia sangre? Pero no hay sino dos parcelas mafiosas: los buenos y los malos. Con lo que añadimos al enigma sino otra porción de incertidumbre, esa cierta lumbre que a unos escritores enceniza y a otros encandila. Y es que todo se encierra en que los buenos escritores nunca acaban de convencerse de que sean buenos, al paso de que los malos escritores siempre acaban por convencerse de lo buenos que son.
Así están las cosas. Nada sabemos. Ninguna inmortalidad, ni, sobre todo, ninguna postumidad echan luz sobre el problema. ¿Quiénes son los buenos? ¿Los póstumos? ¿Los posturosos? ¿Y los malos? ¿Los vestigiales del talento? ¿Los bestiotas de a dos talentos? ¿Los best sellers de incremento? El caso es que estamos a pique de empicotarnos en la punta del dilema si no descubrimos de una mala vez cómo entrar a la mafia, sea la que sea.
Lo primero es identificar a los dos grupos de nuestra mafia literaria; esto es, nuestra mafia literal, en acepción pura. Se trata de encajar la jeta y sus ojos gerundiales en la arenosa sustancia de un hecho a pecho: que existe, por un lado, el linaje de los escritores buenos y, por el otro (naturalmente, el lado trasero), la murga de los escritores malos. Helos ahí: los dos grupos más oponentes y ponedores. Dos partidas de fuerza colosal y coloidal. ¡Dios te libre, escritor bisoño, de andar bisojo frente a este bisueño de ser mafioso de unos o de otros!
De ahí en adelante usted, lector, que ya estaba anhelante (¡nada me importa, por fas o por nefas yo entro a la mafia, eso quiero y me fino por ello aunque desafine!), ahora deberá quedarse adelante. Porque lelo y más lelo tendrá que venir a ser aquel que pretenda, por el puro mandato de su antojo sin anteojo, discernir a los buenos entre los malos. La primorosa y formidable inexpugnabilidad de la estructura mafiosa fundamenta su nervio en esa circunstancia: buenos y malos andan revueltos y utilizan grupos formales de furiosa apariencia endógena para despistar.
Así entonces volvemos, ¿cómo entrar a la mafia, ya de los buenos, ya de los malos (lo uno por lo otro, regla sin excepción, o al menos sin excepciones excepcionales)? Asunto revesado, sin duda. Pero nunca falta a estos propósitos la inteligencia lagartona que desliza su consejo; que mete zancadilla y tentemozo a la par.
Muchos caminos llevan a la roma mafia (los malos) y pocos a la aguzada mafia (los buenos). No hay más que mirar en redondo. ¡Tanto libro mata tinta y escrito al tuntún! ¡Y a veces ni uno solo que haga tilín!
Querido día, querido diario
Cuando Mallarmé le leyó al universo designio de libro, no cabe duda de que pensaba, tal vez sin notarlo, en el libro más cuaderno: el diario personal. Ese tomo para deslomarse el alma o fletarse la línea de flotación, siempre y por fuerza en ley del ronroneo cósmico de estos micos de espíritu y juicio que, precisamente, somos.
El diario íntimo es el volumen que es renglones antes que páginas, márgenes antes que renglones, y a la postre puro vuelo de hojas hacia adentro y costura imposible de tinta logomotriz y papelusca.
Umbral, sótano y altillo de los géneros literarios, la tentación perpetrante del diario trasmina por casi todas las partes del cuerpo de la cultura, o sea esa costumbre de las costumbres. ¿Qué es por ejemplo un periódico sino un diario que de tan íntimo va público?
El diván del psicoanalista, la libretita Kitty de la nena y la musitación interrupta de los graffitti en su pared; el soliloquio o troniloquio del briaguito perdido o del chavo Chemístocles; la conferencia nocturna por teléfono unilátero con el mejor amigo, y el susurro a nado de sombras en el confesionario; la meditación en el lavadero, el masculleo del somnílocuo y el escribajeo del escritor. Todo es diario. Todo es día. Todo es día a diario. Todo es día que te mete al filo de la fila inacabable, los años.
Por otro lado, no es cierto que el diario pase en limpio la vida cotidiana de nadie. A trueque de ello, termina de pasar en sucio la manchonería de todos. Tendría que ser superfluo decir que el diario envuelve una lucha por el tiempo y contra el tiempo, que no es una batalla sino una curiosa competición: tirar de un hilito sedeño, uno mismo, yo y sólo yo, y por ambos cabos hasta topetearme, conmigo mismo, igual que un par de brutos enfrentados, mientras se desuellan los pliegues de los dedos. Al fin de cuentas todo como una forma de unanimismo de la intimidad.
Ahora bien, si volvemos la vista, hallaremos que el diario íntimo ha venido desde lo remoto con la humanidad. Sospecho que es algo así como el eslabón perdido de la escritura literaria. Esa escritura con la que hombres y mujeres de todas las épocas anteescriben y reescriben, pero jamás escriben lo que la vida escribe. El diario íntimo nace con el ser humano y por eso no acaba nunca de nacer como literatura ni como documento, ni como nada. ¿Acaso el monólogo manantío que cada individuo vive rumiando desde los orígenes no es el Diario que diapasona el sonido del mundo?
Pero si dejamos aparte el radioso diario que siempre los hombres compusieron compungidos o compelidos de intimidad —intimidante sin excepción—, tenemos que el título como tal le llegó al diario hasta la edad moderna. Y más aún en la edad contemporánea. En la suma de aquellos diarios que la literatura registra en este género, género del que descree porque su escritura no crea sino se recrea en lo increado que en la rutina gravita, los más genuinos son probablemente el del inglés Samuel Pepys y del español Leandro Fernández de Moratín, quienes, uno en el siglo XVII y otro entre el XVIII y el XIX, le buscaron al diario íntimo su monta más extrema, y escribieron el suyo en clave. ¿En clave de qué? En clave de clave. Clavo ciego hundido en el pulpejo de la mano del que escribe y en la frente del que lee. Porque se trata de dos figuraciones de una suerte de subescritura de sobrevida, más raigal y a la vez más supina que cualquier escritura, que se borra sin embargo al contacto con la superficie. Paradójicamente, al tornarse literatura. Palimpsesto de limo de gran silencio.
Con todo, al cabo de cabos se le volvieron las tornas al diario y terminó de todos modos en literatura ilustre (aunque no lustrosa para bendición suya) más allá de todo documentalismo. En ese orden son, a mi ver, tres las cumbres del diarismo asumido en cuanto literatura: Jules Renard, André Gide y Witold Gombrowicz. Dos franceses y un polaco.
Jules Renard es el nombre de uno de los temperamentos más singulares de las letras de todos los tiempos. Renard fue autor de relatos y prosas semejantes a minúsculos cristales de aristas finísimas y facies áureas. Pero su libro más acabado e incesante es, sin titubeos, el Diario. Renard vivió de 1864 a 1910 y su cuaderno de días comprende los que van del año 87 hasta su muerte. El resultado constituye en sí una literatura anterior a toda literatura. O al final de ella. El pulso escribidor que nunca acaba de separarse de su puño. Gesto y signo de escritura más eterizante que eternizante. En suma, la mina minuciosa de un socavador del Tiempo.
El Diario de André Gide en su primera edición abarcaba con puntualidad de 1889 a 1939. Esta aventura del diarismo privado, cuyo inicial jalón editorial lo constituyó en 1927 la aparición del Diario de Los monederos falsos, encarna tal vez el porte más concernido del diario íntimo como expresa resolución de escritura literaria.
Finalmente, en la segunda mitad de esta centuria, entre los hitos que vendrían a reconcentrar en definitiva la natural composición literaria del cuaderno tácito y tozudo, se cuenta el Diario de Witold Gombrowicz. Texto que mirado a trasluz es en buena medida una obra integradora de todas las piezas maestras de la creación de este escritor polaco.
Claro está que la extensión del acervo diarial en varias lenguas es insospechada, y numera a los de sobra conocidos: Amiel, Léautaud, los Goncourt, María Bashkirtseff, Kafka, la Woolf, Papini, y la inevitable jovencita Frank, al igual que a aquellos poco difundidos como diaristas íntimos: Louÿs, Svevo, Pushkin o Ignacio de Loyola. Entre nosotros, Federico Gamboa y Alfonso Reyes. Pero en pocos casos como en el de Renard, en el de Gide y en el de Gombrowicz, la coartada literaria que la vocación del diario privado siempre esconde, queda tan al desnudo.
El otro ejemplo a lo mejor es un español: Ramón Gómez de la Serna, que le dio a su diario los valimientos últimos del acto de escribir y renovó la certidumbre, como aquéllos, de que en puridad toda literatura es diario, más aún que autobiografía, según decreta el lugar común. Un poema es un diario sin día. Un cuento o una novela son la invención de los días de un diario secreto. Las memorias, un diario diferido. Y en cuanto a títulos conocidos… Ahí está la Biblia, por caso, que es el diario de alguien que a Dios se le escapa de los labios.