Éxtasis y fiesta (La Jornada: Vox Libris, 2013)
Eduardo Gálvez
No hay otro afán en el quehacer poético de Víctor Hugo Piña Williams, que el de jugar con la palabra, experimentar con los sonidos de las vocales y las consonantes, los tonos, los ritmos, las imágenes. Un afán lúdico, placentero y a la vez intelectual, con el que resignifica y refresca el lenguaje. El título de este poemario, Gozolalia, se debe tal vez al gozo, que lo logra, y quizá también a la glosolalia, ese éxtasis de la expresión y fiesta de las lenguas desconocidas.
Una poética radical (La Jornada Semanal, 1995)
Jorge Fernández Granados
Emocionante y radical, este libro sugiere un organismo en el cual las enzimas lingüísticas adquieren desconcertantes habilidades metabólicas. Matiz, textura y detalle son aquí el centro útil del fenómeno poético. En su punto más distante del sentido, la forma fonética se entroniza para recomponer, y proponer, una subespecie de sintaxis, a veces agazapada, que hace del poema materia evidenciada de cultivo. Precisamente emocionantes por ello, en los poemas hay una conflagración de vocablos que despistan con su permutabilidad lúdica todo lugar común de los corazones consumidores de imágenes light. Radical, porque elige llegar hasta ese oxígeno enrarecido de las alturas donde todo es inseguro y lo mismo se puede perder el equilibrio que alcanza la cima.
El primer poema, además de apuntalar una poética, sirve ampliamente de ejemplo:
Lo que la sílaba soba y desova
es el pulso larvoso de la nada,
la Vesta que deflagra su melisma,
su llama que te abro
aquella boca que calla en la boca
y que saliva en ábaco de su sílaba
y el abáculo aboca de su sino,
vocal que vidria un agua.
Transido estanque que la voz represa
y —os, ble, du, fi, trans (úvula que ovula)—
desgrana como pujos coloidales
del labio de su gana.
Víctor Hugo Piña Williams (ciudad de México, 1958) tiene publicados otros cuatro poemarios. En los primeros no son evidentes los indicios que permitirían suponer el ámbito al que se dirige hoy con su trabajo. Pero en De tal palabra (1991), su libro anterior, ya se apuntan. El libro que hoy nos ocupa es significativo en el panorama de la poesía mexicana de los últimos años. Por desgracia, no es lo uniforme que esperaríamos. Si las partes tituladas “Transverbación”, “Interludio del chubasco” y “El Bitorso” son relojerías de inteligente belleza, dignas de cuidadosa lectura desde varios aspectos, “Bagatelas del horizonte” son treinta páginas que sobran. A veces la vanidad de darle lomo al libro es el peor enemigo de los libros. No obstante, la poética de Piña Williams, que no oculta su atenta lectura de Haroldo de Campos y Oliverio Girondo, se sitúa como una de las menos concesivas y soslayables.
Claro que la tradición viene de lejos y, para variar, de fuera. Propongo una línea con tres momentos clave: arranca en Góngora, borda en Mallarmé y entra al siglo XX con Lezama y Vallejo. Es una cofadría continuada del lenguaje, una química vocálica sin concesiones, con zambullidas saludables de música y tinieblas, sin la cual a algunos nos parece que la poesía no tendría mucho trabajo después de Dante. Parte del juego es también, y nunca hay que olvidarlo, hacer las reglas del juego. Ésta es una poética de señales oblicuas donde lo previsible está omitido.
Como la nieve sin sol: blanco (Casa del Tiempo, 1995)
Gabriel Bernal Granados
La influencia de la poesía francesa de las postrimerías del siglo XIX en la literatura mexicana contemporánea ha sido amplia y profunda, de modo que no sería difícil documentarla con ejemplos —o correspondencias— más o menos afortunados. En esta historia, destaca el entusiasmo y la admiración que los escritores de lengua española, en general, han profesado hacia poetas como Rimbaud, Verlaine, Baudelaire, Laforgue y Stéphane Mallarmé. Este último constituye un caso aparte, un registro de intermitencias que van desde lecturas notablemente sensibles y atinadas hasta la indiferencia absoluta. El autor de El golpe de dados es por ello una presencia latente en las letras de México, sin que importe la manera en que esta presencia sea confrontada. Y un eslabón más de esa relación particular con la obra de Mallarmé lo anuda el nacimiento reciente del poemario titulado Transverbación, de Víctor Hugo Piña Williams (autor nacido en la Ciudad de México en 1958).
El libro de Víctor Hugo se divide en seis capítulos. Esta aparente división, en principio, parece moderar el impacto de esa imposible influencia, alternando y despojándola de todo fundamento sólido. Lo que hace, sin embargo, es llegar a afirmar la proximidad del autor mexicano al sentimiento de los “espacios en blanco” que impone la aprehensión de la Poética mallarmeana.
La primera de las partes que conforman el libro se intitula precisamente “Transverbación”, y es la que con más intensidad se apega a la destrucción del Sentido, o aquella perspectiva única desde donde se ve a la poesía emergiendo de las resquebrajaduras existentes en la unión de una palabra con la otra. Vale la pena subrayar aquí una característica que no sólo es propia de los poemas iniciales sino de este libro en su totalidad: la paciencia y el rigor con que se fueron armando cada una de sus piezas. El último segmento de esta sección lo corona significativamente un poema en prosa.
En las cuatro partes que siguen, la sombra de Mallarmé se va haciendo difusa de modo paulatino hasta cobrar de nuevo un peso fundamental en el apartado que cierra el libro: “El bitorso”, que es quizás el poema más interesante de todo el volumen. Pero esto no impide que hagamos un recorrido breve por los demás senderos en que se bifurca Transverbación.
“Bagatelas del horizonte” —título del segundo capítulo— desvía su curso de la corriente del azar y de los problemas inherentes al arte de abolirlo para rendir mi homenaje concreto a las pequeñas maravillas cotidianas, las que sólo se revelan a los ojos de un lector despierto de las páginas en que se despliega el libro de la vida, aquel cuya tipografía está hecha de aire y espejismos. El paseo es una gimnasia para los sentidos o bien traza la valiosa colección de un museo en miniatura en el cual abundan los objetos de un aparente y bien recortado cristal, que no son sino las notas sutiles de una serie de instantes congelados y superpuestos a una velocidad vertiginosa, tal como las luces de colores que se suceden o concurren a través de un prisma caprichoso. Víctor Hugo Piña Williams juega con la difracción de la luz y encuentra debajo de la fronda de los árboles el fruto vano del conocimiento. Descubre un hueco.
“Arengas” y “Nanas del insomne” —títulos del tercero y cuarto capítulos, respectivamente— configuran un proyecto heterogéneo, un almacén de grandes o diminutos deseos donde podemos encontrar sin dificultades algunos homenajes en honor de poetas que en este artículo aún no han sido mencionados: las sombras de César Vallejo, Haroldo de Campos, Gabriel Zaid y Miguel Hernández orientan los humores variables de ambas disgresiones. La quinta sección fue intitulada “Interludios del chubasco”, y los poemas que la integran equivalen a un tratado barroco sobre la lluvia y los sentimientos que produce al caer sobre la ciudad. Este capítulo se adscribe a las tonalidades propias de un temperamento melancólico.
Así, después de haber hecho el recorrido, llegamos a “El bitorso”, un poema largo que por sí mismo colma un solo capítulo. La idea que lo inspira pertenece a una larga tradición: el amor, el abrazo de los cuerpos, se asemeja a una contienda bélica. En este caso, el enfrentamiento se da esencialmente entre las palabras que lo articulan, de ahí que la aliteración recurrente sirva para brindarle continuidad al poema: las palabras se desprenden unas de otras como dos gusanos que nacieran de una sola vaina. Entonces, las dos fuerzas contrarias parten de un centro común y atraviesan un mismo espacio devastándolo por completo. El experimento de Víctor Hugo tiene la finalidad de corromper los lapsos en que actúa el lenguaje sobre la imaginación de los lectores. Habría que anidar en el vacío de nueva cuenta, dejarlo expandido por primera vez, para liberar de sentidos a las palabras y dejar que sólo las emociones divaguen en el espacio que desgarra el poema.
La escritura que practica Piña Williams se nutre de una noción sustentada por la obra inconclusa de Mallarmé: el lenguaje como una herramienta para el desarrollo de la crítica, una crítica que cumple con las funciones de la Poesía. Una y otra cosa se abandonan para ser lo mismo. El lenguaje es el único actor y el tema de este libro.
Adán culpado entre palabras (El Nacional, 1992)
David Medina Portillo
Palabra elusiva: mermado verbo bajo el peso de una culpa que consiste en no decir lo que decir se debe. Se debe (un imposible): dar a cada cosa un nombre para que éstas sean. Pero el poeta no es ningún Adán inaugurando el paraíso (aún Edén, por tanto, lugar donde el lenguaje sobra), sino más bien un recién llegado, un advenedizo a quien corresponde designar, esto es, nombrar al mundo, como tratando de recordar un “algo” que ha perdido. ¿Un paraíso? Pero: ¿cuándo? El lenguaje es un modo de añorar ese “algo” intemporal hoy ausente.
Leo en De tal palabra (El ala del tigre, UNAM, 1991) estas líneas de Víctor Hugo Piña Williams correspondientes al poema “Heredad de Galeote”: “Desde lo sumo de su sima, en un borde premiso que la vida se inventa en rincón levantino de sus salas, repite el prismático estatuto de los siete días de la creación, pero siempre de regreso, a pura luz mediana y a solo fuste de lezna y escalpelo, a puro arbitrio de azarienta lucidez, a puro lucimiento de Adán culpado entre palabras.” (p. 53). “Siempre de regreso”: el poema entonces es una creación de signo negativo; un volver virtual (utópico) al primer día de las cosas, cuando en el decir había un ser; un lúcido descreer para empezar todo de nuevo, cuando todo ha sido dicho ya: volver los pasos hacia atrás de la “creación” para nombrarla otra vez.
Víctor Hugo Piña Williams sabe que toda palabra es, de alguna manera, una extensión de la Palabra. Por ello mismo esta palabra no expresa (no contiene) al mundo, cualquiera que éste sea. Y es que la unidad nombre y objeto designado sólo responde a una convención, es decir, a una ruptura subyacente. Así, la escritura del poema es un perpetuo bordear esa Palabra original, sin llegar realmente a alcanzarla. Sólo es posible aludir (y, en ese sentido, eludir): la palabra expresiva de la Palabra es mero ilusionismo.
Ahora, destaco algunas particularidades de este libro. Existe en el lenguaje poético de Piña Williams un evidente afán por resucitar vocablos arcaicos, esto bajo la premisa de un registro sintáctico que avanza en virtud de una similitud sonora a ratos armónica, en otras ocasiones voluntariamente desarticulada. Este recurso, a mi modo de ver, tiene un antecedente inmediato en el neobarroco cubano pero, asimismo, en la poética de un grupo de escritores sudamericanos que Roberto Echavarren denomina como “neobarroso” (por un lado, parodia del neobarroco; por otro, alusión al barro del Río de la Plata sobre el que, según Borges, se efectúo la segunda fundación de Buenos Aires). En estos dos ejemplos la frase poética sabotea toda convencionalidad mediante la aliteración repetitiva, el roce continuo de consonantes y vocales. Cito al argentino Néstor Perlongher: “y esa mitología de tías solteronas que intercambian los peines grasientos del sobrino: en la guerra: en la frontera: tías que peinan: tías que sin objeto ni destino: babas como lame: laxas: se oxidan: y así 'flotan': flotan así, como esos peines...”. Sobre el neobarroco baste recordar Cobra de Sarduy.
Sin embargo, el nombre de Lezama y su poética de la superposición y el entrecruzamiento —en lugar de la reducción o la síntesis— es central aquí. En las cuatro partes en que está dividido De tal palabra (“Paisajes desde azotea”, “Meridianos”, “Venéreos” y “Estancias del siendo”), esta presencia es más notoria en la última sección, misma que, a mi juicio, es la mejor lograda.
Ahora bien, si como anoté al inicio de este comentario la escritura de Víctor Hugo Piña Williams es la de la palabra elusiva (testimonio de la ruptura entre palabra y cosa), ello la obliga (o debe) a resguardar un orden lingüístico o, por mejor decir, sintáctico. Un ordenamiento donde esa sonoridad aliterada responda a determinada disposición conceptual (música de la idea según Darío). Sólo así el acto de escritura puede concretarse en poesía...: en poema.
Víctor Hugo Piña Williams:
“Soy un Devoto Herético de la Lengua Española” (El Financiero, 1992)
César Güemes
De dos formas Víctor Hugo Piña Williams ha conseguido reflejar a través de textos sus diversas necesidades escriturales: mediante la autoría de poemas y prosas, y como editor de la revista Casa del tiempo. Por lo pronto ha sacado a la luz un nuevo libro, De tal palabra (UNAM, serie El ala del tigre), ejemplo de la dualidad señalada.
—Encontramos que trabaja y publica poesía y prosa en el mismo libro, incluso parece como si la prosa fuera consecuencia de la poesía. Usted, como editor, qué piensa de esta fórmula.
—Tengo una proclividad muy acentuada hacia lo diverso. Esto haría pensar que soy de aquellos que aprueban la no existencia de géneros. Sin embargo, sí creo en los géneros, sé que existen y que aun dentro de su virtualidad afirman la diversidad del mundo y de todos los quehaceres que en él se generan. Entonces, como autor y como editor me inclino por la diversidad. Al momento de armar De tal palabra busqué una porción de textos, (obviamente no todos los que en ese período escribí, hace alrededor de cinco años), muy amplia en cuanto a lo temático pero que tuvieran claras concomitancias. Y éstas van más allá de la diversidad temática y del tratamiento de los textos por el lado de la obsesión por el lenguaje.
Quizá en cada una de las partes que componen De tal palabra se puede apreciar lo que yo llamaría temperaturas del lenguaje. Hay cierto lenguaje que se espesa en algunas zonas y en otras se diluye de algún modo, pero siempre buscando todo el arco cromático del idioma. Soy un devoto de la lengua española, pero un devoto quizá bastante herético. Sé que la lengua no es una momia ni un muerto, a veces hay que entrar en ella a saco. Para mantenerla dentro de su riqueza en ocasiones hay que robársela. Ahí está la unidad y la diversidad del libro y en general de mis preocupaciones.
En cuanto a la prosa del libro la asumo más que como cuentos como poemas en prosa. Pero tomo en consideración el difícil carácter fronterizo de este tipo de textos. Un poema en prosa, lo sabemos, como los de Julio Torri, lo mismo se incluye en Poesía en movimiento, que en antologías de cuento breve. Esa es una de las virtudes y los riesgos del poema en prosa. Por otra parte también creo en el verso, porque creo en las formas de la literatura. Las diferencias entre uno y otro género están ahí precisamente para que las hagamos existir una y otra vez. Los géneros son punto de partida para pasar encima de ellos.
—El hecho de trabajar en un género, luego en otro y más tarde en uno intermedio, ¿es consciente, lo piensa antes de elaborarlo ya ante el teclado?
—Está totalmente determinado. Es una resolución de escritura que tomo. No es al azar ni al capricho, aunque sí me abandono a una compulsión que no es tanto porque la vengo acariciando y madurando, y de pronto ya voy concibiendo, como prosa o como poema la armadura del texto. Es algo que me entusiasma mucho para la escritura esta naturalidad con que percibo cuando algo me llama a la prosa o cuando me llama a la poesía. Y ya dentro de la prosa misma a sus diferentes espesores.
—Esta suerte de texturas, ¿se le fueron creando de manera natural en su desarrollo como escritor o las buscó? ¿Cómo llega a dominar lo que domina?
—Ahí sí fue descubriendo. Lo que digo que hago con absoluta resolución fue precedido de un descubrimiento. Empecé fundamentalmente escribiendo narrativa. De ahí desemboqué a la poesía y mucho tiempo la trabajé. Por la poesía llegue al ensayo. Encontré, alguna vez, que los géneros más parecidos entre sí no son, por ejemplo, el poema lírico y la novela subjetiva, o la narrativa con el género histórico. No, sino que he encontrado, y es una convicción que alimento cada vez más, que los géneros más semejantes entre sí son el poema lírico y el ensayo. Estos son los que menos se atienen a leyes. Son los que más se deben confiar al azar. Un azar calculado, ya sabemos, en literatura y en cualquier arte casi todo está calculado de antemano.
A primera vista alguno diría que el ensayo está como rehén dentro de los cubículos profesorales, pero ese más bien sería un estudio. Incluso podría aparecer sin firma, de tan impersonal que es. En cambio los géneros más intensamente subjetivos y personales son el poema lírico y el ensayo: están sujetos a la fuerza intelectual íntima de quien los escribe.
—Además de incursionar en diversos géneros, de un tiempo a esta parte se desempeña como editor de Casa del tiempo, de manera que su actitud se ve reforzada por la óptica del periodismo. ¿Cómo se agrega esta circunstancia a su concepción de la escritura?
—Me interesa mucho el periodismo y la literatura que se hace en la página volandera de los periódicos. En la revista mi labor como editor se va filtrando, va llegando a todos los rincones de la actual Casa del tiempo. Si uno examina con cierto detenimiento la publicación encontrará un perfil fundamentalmente misceláneo, que responde a lo que indicabas antes en cuanto al interés por lo diverso en forma y contenidos. De tal manera que he tratado de que en la revista estén presentes, con fuerza, los géneros que más me interesan. Y se puede apreciar: es la primera publicación en México y en varios países más que entrega entre sus páginas un libro independiente. No una separata o un caballito, sino un libro con vida propia. Es un libro canguro.
Los Corazones de Piña Williams (Excélsior, 1986)
Librarium
Argumento de los corazones obstinados, Oasis, 1986 (Los libros del Fakir, 84).
Se advierte que Víctor Hugo Piña Williams es un escritor que sabe trabajar el idioma. Su verso fluye sin tropiezos, hay pureza en su expresión y no recurre a imágenes trilladas.
La madre naturaleza asoma siempre que habla de una relación amorosa, y al asomarse nos deja una sensación amable, porque se trata de un poeta abierto a todas las posibilidades de expresión, que sabe relacionar todos los objetos de la tierra formando un todo armónico. Sabe combinar perfectamente las luces y las sombras, y tiene un ritmo interno que palpita aún entre los poemas que están escritos en forma de prosa.
En esta plaquette, así como en las anteriores que hemos comentado que aparecen dentro de la colección Libros del Fakir, queda demostrado que el refinamiento e ingenio para editar, bien puede sustituir a los altos costos de ediciones de lujo que no siempre resultan de buen gusto.
En este Argumento de los corazones obstinados sobresale un poema titulado “11:40 P.M.”, en el que el ritmo está bien manejado y muy bien redondeada la idea.
“Son las 11:40 P.M. / La luna seguramente estará cortando / los hilos acostumbrados, / mientras los recintos de la tierra / suman a sus muertos sin muerte / y a sus vivos sin salida. / Es la absoluta tartamudez / de una primavera siempre zumo de ciegos y sordos. / El corredor plomizo del nuevo tiempo. / O del espacio que se cree tiempo / nuevo y jadea para engañarnos el aliento”.
Todos sus poemas son ágiles, no existe ninguna línea que al lector le resulte pesada de leer o asimilar, pero eso no quiere decir que su autor se dedique a hacer concesiones: en todo momento sigue los dictados de la autenticidad y del buen gusto y tampoco cae, como la mayoría de los escritores jóvenes, en esa gana de agredir al idioma por la agresión misma, sin justificación alguna. (Recordamos aquella “cabeza” a ocho columnas digna de antología: “Mató a su madre sin causa justificada”).
Deseamos que estos corazones poéticos sigan en su obstinación; van cerca de la meta.