Transverbación

Editorial Aldus
Colección Los Poetas
1994

Toda poesía es, en última instancia, poesía del lenguaje. Una concepción extrema de la palabra y un sentido múltiple único de la expresión. Atravesado en su centro por ese delta y con un estilo que se regodea en su evidente pulso neobarroco (en el cual el cuerpo sonoro de los vocablos entra mucho en juego), este libro discurre sin parpadear por unos pocos asuntos y espacios que pueden ser, por ejemplo, el curso de una sílaba hacia el silencio instantáneo de un poema, las penas del cristal, la voluntad de las cosas, las perfecciones de la arena, los dados, el horizonte, o bien una sonata de César Franck, las nanas con que un insomne arrulla a sus creaturas, el intervalo de la ciudad cuando la lava su lluvia inútil, y largamente el monstruo de dos espadas que se revuelca en sus heces sexuales.
  En realidad, para Víctor Hugo Piña Williams en este libro no sólo toda poesía es poesía del lenguaje sino que, en la etapa unitiva y final de esa mística sin dios que un poema puede ser, todo lenguaje es poesía de la poesía. Luz de luz, sombra de sombra que atraviesa, que transverba, con la herida de las palabras un corazón.

TRANSVERBACIÓN

Para Octavio Paz

I


Lo que la sílaba soba y desova 

es el pulso larvoso de la nada, 
la Vesta que deflagra su melisma, 
     su llama que te abro

aquella boca que calla en la boca
y que saliva en ábaco de su sílaba
y el abáculo aboca de su sino, 
     vocal que vidria un agua.

Transido estanque que la voz represa
y —os, ble, du, fi, trans (úvula que ovula)—
desgrana como pujos coloidales
     del labio de su gana. 

II



Del venablo a la boca hay un vocablo, 
astil buido de alcanzar alcance, 
de ir y llegar para asparse en el centro
      famoso de su borde.


Poco hacia nada es lanceta de casi, 
pujosa y repujada así de sílabas, 
de si las hablas criboso te escanden
      canción labrapalabra.

Y pecíolo vive de agualumbre, 
a ganar el ahora de hábil pasmo: 
extraño envaramiento que se envara
      saeta disparosa.

III

Por adarmes y en gracia palatina, 
bulle la voz zarabanda de agujas, 
y sí que no que sino el gran saetín
      recorre del idioma.

Molino de tesón y pie de ensalmo,
sien de artificio y espuma de ágata, 
el idioma se enciende y se hace lenguas, 
      se hace y hace lenguaje. 

La esfinge decidora que ilimita
su tino contra jueces que aseguran 
que se equivoca y olvidan que es ésa
     la equidad de su boca. 

IV

Pica y pica el vultúrido del verbo
—zamarrea y junta, saja y socaliña—,
hace avío en un claro de papel
     que sólo así se aclara.

¿Es otra la total llanura llena
en que se desmorecen los relapsos?
El picoteo de escribe escribiendo,
     ¿acaso no los salva?

Es rapiña y aliño en un desierto
que marea la voz del solitario:
quien habla solo espera hablar un dios
     de página y de tinta. 

V


Es y envés, va y voz, sonda y senderea,
y llega como estar, no ya, no yo,
antes estarecida vez de habla
      jamás allegadiza.

Ándalo linde, encrucíjalo vía:
apéate y despéalo galope.
Tíntalo y púngelo púa de sangre:
     poémalo plenario.

Éxtasis unitivo que desune
verbíferos enjambres de almo azogue
y conyuga la brama que hace estrofa:
     envérguese su fuerza.

VI


Grito muy grande de nardo muy quieto, 
lívido riel que se reza caminos, 
musgo que en la garganta se demora:
    lucia encía de ansia.

Por el pliegue del aire pasa ahusado
y muy zumoso de su sumidad,
como el rosario que pasan los dedos
     que tiemblan las palabras. 

Es la nada toduna que exubera. 
Es el silencio. Lenguaje o cilicio.
Idioma varadero y hambre en signos:
     signaje verdadero.

VII


Presente, mustia gota del instante
(esmera cauces bruscos de ámbar ido),
loma lamida por vientos hadados
     de tienes y no tienes.

Su tic tac acompasa y rapidece
los ocios del vacío y de sus naipes, 
que tesaurizan y tahurecen grávidos
     caudales de quizás.

Niño bautista que a tiempo del tiempo
a los decapitados capitosos
del santiamén alumbra, mientras juega
      soldaditos de polvo.

Último


Canto azuceno o anémona del frío, el curso procuroso y procuroso de la voz lidiada hace cima y cerco de su cisma, ya castillo que se pone asedio a sí mismo. ¡Gran cosa tuviera que ser el poema para fundar tal enclave torreado y arcifinio donde la guerra sin paz no gana!
  Y el hombre de verso y versa cruza palabrabundo esa tierra de nadie nunca nada donde anida la voz su litigio, con la peleazón de los idiomatios (sílaba sin labio, boca al venablo) y con la tregua de polvo de lo que no cesa.
  En tándem y hacia dónde, los artilugios del instante numeran las industrias de su cero en movimiento, las mudanzas de la guerra por el castillo, del castillo por su deseo. Que escaliba el rescoldo de su vértice, que encandesce la vena de su ángulo ambicierto. Cuando ese hombre vadea la tal tierra del eco de nadie. Cuando cruza ese hombre del hambre sígnea el erial de lo suyo: como decir que cruza en cruz, romero inerrante y quedo en sí, quiasma el más puro de la inmovilidad. El poetambre atraviesa sin andar, con pasos de lumbre desorillada. El poetardimiento enclava, más bien encrucija el botón versicolor de su éxtasis, polo unitivo y último. ¿Adónde podría no ir o sí ir en ese santiamén, en esa loma limbo o lumen lamiente? Quién sabe que quién sabe. Preguntas que cascan el hueso de la sangre.
  Comoquiera él recorre el decidido valle, en cruz mútila y desnuda como centro, y va escogiéndoles la virginidad a los cuchillos. Ensoledado y ensálmico, eso sí, más solo que un televisor encendido en la noche vacía de una casa de solos. El puño del pecho estruja su abecedianto y estruja un talismán de cera. Él pasa o punza. Va como alma que lleva. Va y voz. Va como diablo que lleva alma, quiescente y atinado por la luz agujada de un dí
—dílo dicaz—, de un dios fulminatriz que habla en callando: silendios. Encalladura del silencio en el otro mar. Silencio, pues, que la palabra pide la palabra. Y págino y tinto, el dios pone el hito de su rayo, siempre ahora y solamente hacia. Y él todo muñones se calcula joya, se acopia hacina de cilicios. La gresca aquella se entorrece. El dios aluza. Él transverberado. Transverbado. El dios, sin dios. Él, ascua. Hosca.

BAGATELAS DEL HORIZONTE

Para Vicente Quirarte

I


Entereza 
la del cristal,
que llora 
a secas.

II


Pureza
la del olvido,
más limpio
que esa agua
que el agua lava. 

III


Miedo
el del viento, 
que va
amenazándose 
así mismo.

IV


Ceguera
la de la luz, 
que nunca cierra
los ojos.

V


Albedrío
el de las cosas,
que prenden el pabilo
de sus deseos
en nosotros.

VI


Avaricia
la del hilo,
que devana
en guarda minuciosa
su infinito.

VII


Parsimonia
la del árbol,
más lerdo y grácil
que su propio tiempo.

VIII


Fatiga
la de la noche,
que enseña a descansar
al día.

IX


Unción
la del zureo
de las palomas,
que es el rezo antiguo
de lo ausente.

X


Intimidad
la de la arena,
que en rozar
sus márgenes
toca su entraña.

XI


Fugacidad
la del torrente,
que aprieta dientes vanos
de ahogado que fue
en agua que será.

XII


Mudez
la de los labios,
que pronuncian 
el huir
de las palabras.

XIII


Dulzura
la del higo,
que guarda su dulce
en una herida.

XIV


Albricias
las del mediodía,
que arroja balcones inútiles
al centro de la calle.

XV


Sed
la de la aguja,
que si fuese
de agua
saciaría.

XVI


Ensimismada
la sangre,
que rumia
una oblea escarlata
que no es la suya.

XVII


Paradoja
la del puño,
que se abre
hacia adentro.

XVIII


Lujuria
la de la saliva,
que lenta sabe
que todo lo imagina.

XIX


Claridad
la del diamante,
que canta las paredes
de su meditación.

XX


Candor
el de la espina,
que cultiva
su soledad.

XXI


Quimera
la del pedrusco,
que se crispa y finge
víscera central
del mundo.

XXII


Pasmo
el de la tierra,
que —prietura de limos—
ahí está,
ahí está.

XXIII


Diligencia
la del pozo,
que sabe acollar
el árbol
de la oscuridad.

XXIV


Eco
el de la cúspide,
que una vez sola
se oye.

XXV


Penar
el del reflejo,
que vuelve
cuando se va.

XXVI


Fe
la del retrato,
que hace creencia
de lo que no ve.

XXVII


Ira
la del ruido,
que remeje el aire
con su cascabel
de sal rijosa.

XXVIII


Nostalgia
la de la herrumbre,
que ha visto al tiempo
y busca el matiz
de su oro.

XXIX

Imaginación
la del dado,
que se adelanta
al sueño
del azar.

XXX


Ciencia
la del horizonte,
que dictamina
sin saber.

ARENGAS

Para Gabriel Zaid

La mayor


Con agua letea en las sienes
y violín de César Franck en los oídos
despido a las creaturas del crepúsculo.
No importa que hasta aquí lleguen esqueletos sui generis,
borradores en babia
y amores todos de mi entera distracción.

Sin pañuelo ni tren huyente despido al crepúsculo estampida.

Es fácil así con el deseo aún en la tersura
de un ser que alcanza lo futuro y lo irrepetible
hasta alcanzarme y repetirme
con labios de agua y un la mayor de Franck en los oídos.

Oleaje al oído


Difícil lo difracto.
La gravidez de trece o trece
dolencias de espina a pecho,
cuando la rapacidad
del invierno prójimo verano
recula frente a tus astas.

Cómo tendrás gabardina
para época grisada
dices mirándote por sobre el hombro,
puestos los ojos en una vitrina
por donde te pierdes de vista.
Enemigo, enemigo dices,
enemigo elaborado por la turba.

Tema


Un magro animal que el hambre arquea,
un sombrero que aguarda soleada la moneda,
un indígena que espera sucio, envilecido
                              mas danzante...

La nube del candelario


Hoy y mañana         va de antenoche
el mismo respiro que te adula el pecho
la seda que se mueve en la sangre
   el día que de poco
      fue zapato para pie fácil
el dinero corto manejándote el ombligo
     y nosotros los de esta parte
     esperando que el sol se acode en otra forma.

Y de verdad
     qué fácil que lo digan a uno
     palabra a palabra
     hilo a hilo.

Vesperal


Voy que vago, 
con el otoño en los pantalones, 
con sus ramas desdecidas o desdichosas
y su viento o vienes que tantalea
los talones de aquilinos esmirriados.

Que no queda sino elegir la tierra
que nos elija los palmos
y que no sea tiempo
o lo sea
de hablar de gente que se truena los dedos
y se señala el rostro.

Acá acabóse


Mira,
que no sepas
por qué llegó con alma de aldaba,
y este caminar sesgado que mueve
sombras dobles y peladas.

Ahora que bajó el sol con contagio,
recógeme y que se me siembren piedra contra piedra,
que la literatura padrastra y madrastra
venga a rascarse esta oreja conmigo.
     Y tú, de cualquier mi modo,
busca que se despatarre la casa
y cierra a pedradas las ventanas,
que hoy no hay baile.
No hay baile.

NANAS DEL INSOMNE

Para Trilce y Haroldo

I


Fijo y mesuro,
con centímetros de invento,
el relieve diminuto
que este cuerpo niño escorza
sobre el relieve,
ese abismo vacilante,
esa cuna presentida.

II


Ella no se aviene
a las lunas pardas
ni se incumbe de historias de visillos
o de esfuerzos provitales.

Una y apenas una,
al pronto se obliga nada más
a empresas de su vida a vida.

Por eso, 
ahora en su hora,
ella hace
lo que hace.

III


Muy infanta, ríe
y espabila espectros
de cantares llanos.

Mueve así
primeros tallos
que jamás arborarían.

IV


La pequeña, insistente, 
da vueltas en torno de una estancia.
Su camino rodeando el círculo es infinito:
¿qué impedirá que haga el centro
del mundo en ese cuenco?

V


  Aquí está la niña durmiendo mi sueño, descubriéndome
el secreto de morir por una noche sólo. Su peso es el 
meñique de la noche sobre la sustancia de mis deseos.
Su mirada (ausente) es la mirada de todo lo que vuelve
sobre sus propios pasos.
  Aquí está la niña, deshaciendo un número, el número 
de este cuarto: pozo seco, llanto de sueños.

VI


Sombra mía, este niño se nos conserva
«como en el viento se conserva una brizna de yerba».
Parpadeo de cuerpo entero que abre y cierra al mundo.
Para mí que no escapo de mi vieja costumbre
de puerto que parte,
de vaho que guarda el paso de lo otro,
no del tiempo,
en nuestras gargantas.

VII


Un hijo, otro hilo parpadeando,
otro buen talante,
otro centro de la esfera ardua,
de las esferas tantas.

El hijo, absoluto denuedo,
absoluto telar
del telar del día en sus fantasmas buenos.
Velo de respiración en vela,
de carne sin pesar. 

VIII


Hoy ha despertado Haroldo,
como para fiesta de hada,
a cargar sobre su espada
la luz completa de todo.

Y fue la maña leve
y opulenta su cuantía
con tanta luz que ponía
Haroldo en sus hombros breves.

Era que ésta fue su fecha
de ir a aprender la escritura
y eso que llaman lectura,
decoro de almas bien hechas.

Ahí va Haroldo, al compás
de un himno que lo ha nombrado
héroe de letras: soldado
de guerra de hacer la paz.

Con su estrella bienvenida
y con su mochila en vilo,
su ruta adelgaza el hilo
de oro fino de la vida.

INTERLUDIO DEL CHUBASCO

Para José Emilio Pacheco

I


En el sueño de su nubedal,
en su vahar de crisálidas de cera desollada,
serena su fronda la llanura de lo pleno arriba
y la veleidad de costras de su cielo.

Un aliento que es respiración del agua
salva en ello su linaje
de lluvia que fue y no habrá sido, 
cuando el volquete de esporas de humana podre
y esmero de especie rapiñosa de su aire
colma las leyes de una peregrina opalescencia,
los golpes de muñón de este nuevo aljófar
y el altivo sumidero de un arte
de asperjar alquitrán y deslaves de ortigas.

II


Cerúlea cera desoída
que aletarga su aseidad de pétalo gaseoso
y su fantasma de hostia en la boca de la lluvia.

No son escuchadas preces de cielo
como cirio licuefacto
de caldero de putienda y hojarasca.
Azul bastardo de nemoroso firmamento,
bosque de espesura apenas pronunciada por el aire,
nube asaz de trementinas cinéreas,
óleo, uña molida y membranas tenaces
que viajan su viaje de pulmones.
Travesía que es unto y edema
de la llaga que se deletrea braille el paraíso.

III


A pie cabal del manto celeste,
en esa untura de arduo entrevero
que ondinas tuberosas tardean como rezar jacintos,
se acomarca el corazón de los predadores.

A todo trance y umbral de la bóveda,
husmos de agua, estambres pluvescentes:
remanecer de hiedra hialina que todo lo trasiega
y todo lo pone pataleo de insecto unánime
que se mentía chubasco amortecido
y ahora vuelca otra vez el cristal de sus filamentos.
Mareo de flor ensayada que sabe su derrumbe
y como a mandato requerido
comienza la figura de la segazón del cielo.

IV


Golpes pues de siega que se mira
gran brazada de cielo y pronto estallido de mieses
de malva resina cínica de su intratable belleza.

La lluvia, la lluvia, toujours reconcomiéndose
las agujas de caer y los punzones de herir eras
que pasan la tarde sobrándose de alma,
y los élitros de cebarse en el sonido gris,
y el aspa de dispersar su estrella
o de trizar su mala descripción de lo invisible.
Aguacero, aguasiete veces siete garabatos
del ventarrón espiralado y el esguince del granizo.
Voz de crespones y álamos discordiados entre sí
por rivalidades de bruma y cobalto imposibles. 

V

Se sustancia en su alba el albañal,
su amanecida de mantos descendidos y espumas muertas,
su rosicler de estaño, guindas y flama exangüe.
Inverso suelo lunar desgajándose de poco a tanto.

No conocen canalones y atarjeas otro alborear
que el chaparrón cuando empecina su estampido.
Allí es el vaharar deprecante de las crislidas.
Allí el crecer de un índigo espeso
como el deseo entre la piel de la tarde fría.
Allí, desde su altonazo de niebla, el posar del cielo,
que en gemelación de su hermosura
hace el gesto antiguo de beldad bonancible y postalicia,
y este ademán cosmético de pintarse collage acedo.

Último


Mira el cielo. Mira el cielo a la lluvia mirarse la lluvia, y la andanada de arbitrios fortuitos hace pequeñas toses de acero. El viejo acero deleznable que siempre fue el batir de la lluvia, el tabaleo sobre la redoma vahosa del mundo, o el aguar y desaguar furente de no sabemos quién.
  Viejo acero pulverulento y apuroso en su escamondo del nuberío, y en su instinto secular de arremeter (tonante o bobo o lánguido) con la noble anodina de su agua. Precipitación a veces del que quiere devorarse los propios labios de nada; morosidad a veces del que quiere ahogarse en el llanto de su propia sombra; lasitud a veces del que quiere o no quiere la gota de la gota de agua.
  Helo aquí, contando las pestañas de su pestañeo, jugando a la pausa présaga que nos tiene enseñada el chubasco. Es el cielo, que ya se sabe su acero y se peripone ahora su cera, con su rastrillo de fibra plástica y su destreza de esmaltes prístinos. Ya no es el cielo es la cera, planicienta y plenilunia, mejunje de toda laya dañosa y sin embargo cielumbre cabal, untuosidad se diría de daifa que todavía es doncella. Nostalgia de lo más puro, pureza de lo ineluctable.

EL BITORSO

Para Laura Orozco y Fernando Solana

Todo.
Te empujo el palabrerío
                       que me hace el cuerpo,
te soplo la lengua
                  que te gritas.
Hela ahí habla verrionda
                        de boca en boca.
Él la habla,
hablija de ella deshablada en la quemadura queda del aire,
su duna adelia su puente adunco,
nabla de su rijo que cantarilea las gémulas de su ardicia.
Él la habla,
él habla ella
como palabra de carne
                     —soy yo ¿te oyes?—.
Corres por la voz que te corre,
                              trasgueas a vueltas de tactos.
¡Ah traviesuca,
               te atravieso de verba
!
Te palabro pues locuela,
locuela en que me hablo sin entenderme al oído de lo ido en el arrecil
                                                     [de la yacedumbre.
Blablamos bla blablamos.
                       Balumosos blablamos bla.
      El verbo de dios,
el vergo de dos en la medusa.

Toda.
Te brago a manos llenas.
Te voy hacia vas,
                como rezo de saliva.
Te aviento la yerba de la sal,
no puedes que te puedo
a puños abiertos a lo largo labiado del satín rubescente,
en andanadas de estupores que el oxígeno bate como alas a través del
                                                   [nubazón de teamo.

No podrá ser sino
que te coja los quejidos y junte sus favilas de vaho y sienes,
que te acoja las uñaradas,
que te criature el triángulo
                            a méntula.
Tendré más celos de ella que tú los tuviste de mí.
Me la haces y te la pago.
                    Irrúmate de mí.
                             Así asá. Desgózname. Gozo.

Te muevo guerra,
               te extravío en el humo de las cabras que incendian.

Te revuelco a mal hacer,
                       se te caigo el cielo.
Me río, je, con los dientes molidos del que se tragó el gritor del cuerpo
                                                                  [llano.
Ah con qué odio me miras del que un bien se sabe de amor.
     Aquí y aquí mandobles de testa que busca.
Mátame vivo y culiándote,
que la hilaza voltiza del viento que luchamos
acinture su maleza,
                  fugue su flogisto,
      el vaporzuelo del animal que se despereza
                     en la pausa híspida de su solivianto de mío tuyo,
tú yo.

     Se repina sobre sus cuartos
  la bestia
de las dos espaldas.

El bitorso.
           Mamígero,
                    hominiano feminifloro,
                          nudívoro.
Plexo en delta que levanta hacia la fullona de la boca dupla,
                              su celaje partido,
                              sus zetas, jotas y gluglús de vanifuerza.
Y más lejos beso en agraz, la astomia ya cundible por toda la pirámide
                                                      [de las cinturas.

Ni vestiglo ni endriago ni egipán
                                 (aunque el hirco que te lamo mucho
                          a narices febridas de liso sabor y pelaje
                                         es homilía de celo montés.

De la familia de los estrígidos de la estruación.
   Adéfago igual sin hocico o con el solo costurón de los labios.
          Abléfaro bifronte que a ojos pende de la plomada solar.
                  Gasterópodo sobre el lento relámpago del sudor.
El sucio lambucear de dos castores y poluxinos.
                          Ápice morado y protáctil les dardea el paladeo,
las centésimas de carne de la subitación ascensa,
                                                 de halcón arenisco,
de carnero hendido en su corcovo diosador, en su ayunta de harina                                                [crecedera y orinada por lo vivo.

Aquí estamos el bitorso,
                       
¡cómo roe la peñasca de su abrazo!
Míralo alamparse enroscado en el tubérculo de su vacío de linfa y luz                                                                       [seca.
Ah cómo te aflijo el infíbulo.
                   Partimos el ovezuelo que blabla bla.
                                  Te Digo o digo.

Me tienes tu tener, ten.
                    Folgamos como es razón.
                         Digamos higuera por ejemplo.
Vamos, ea.
   Nace y muere, mata y vuelve el crío entre las piernas.